Antonio Sorrentino
(Photographer)




Lima, 2014-2016

Si se observa el mapa del Perú, aparte de sus muchas peculiaridades geográficas, se notará claramente que la faja de la costa está seccionada por 53 ríos que discurren perpendicularmente al mar y que originan un igual numero de valles: “pequeños oasis interrumpidos bruscamente por extensos arenales”. Sin embargo esta poética generalización, como cualquier otra, tiene excepciones importantes.

En la costa Central, los valles del Chillón, Rímac y Lurín conforman al menos en su curso inferior una gran unidad ecológica y cultural. Un extenso valle que se inicia en la margen derecha del Chillón y culmina en la izquierda del Lurín cuasi afluentes del Rímac llegando por el Oeste hacia la misma linea litoral y por el Este hasta los mil metros de altura; extension que a grosso modo diseña, también, el área actual de la Gran Lima.

Estos tres valles comparten, indiscutiblemente, desde hace varios milenios un patrón cultural común expresado en múltiples testimonios arqueológicos, signo y símbolo de la vieja complejidad social del mundo andino.

“Antes de la venida de los españoles a esta tierra - escribía el padre Cobo -estaba este valle y comarca muy poblado de indios”. Dividíase, conforme al gobierno de los reyes incas, en tres hunos, o gobernaciones de diez mil familias cada uno. El pueblo Caraguayllo era la cabeza de la primera. Maranga de la segunda y de la tercera el de Surco. “Era este postrero el mayor de todos, y estaba asentado en la falda oriental del Morro Solar, donde al presente permanecen sus ruinas y se echa de ver habido muy grande población; vense las casas del cacique, con las paredes pintadas de varias figura, una muy suntuosa guaca ó templo y otros muchos edificio, que todavía están en pie, sin faltarles más que la cubierta”.

En cuanto a las viviendas mismas, el asombro fue inverso. Los primeros cronistas españoles hablan de casas leves, con paredes de caña o barro y simples techos de ramas, que se desperdigaban o concentraban en un valle fértil, regado por numerosas acequias, cuyas aguas tomaban del cauce mayor del río.


Lima tenía un carácter rural, y por sus “huacas” un carácter místico. Construidas como cerros artificiales, de muchas maneras y con muy diversas técnicas, generalmente con muros enlucidos y muchas veces ornamentados con dibujos e imágenes diversas, las huacas y los edificios anexos tenías un sentido de santuario, de adoratorio, de lugar de enterramiento, de punto de reunión; y aún, por su fortaleza, de defensa. Abatidas por los siglos, descuidadas y olvidadas por los hombres, las huacas eran tan comunes y se habían multiplicado tanto en el área de Lima, que es ahora cuando, paradójicamente, nos venimos a dar cuenta de ellas. Cada nuevo avance de la ciudad llega a una huaca. Cada nueva urbanización si no la destruye se limita a ahogarla irrespetuosamente. Las huacas de Lima, volúmenes importantes en la extensión dorada y feraz del valle. Moles blanquecinas y secas de barro que tanto impresionaron a los hombres ilustrados de los siglos posteriores a la conquista, y de las que ya en el siglo XVI apenas quedaba memoria, olvidando incluso “los nombres que tenían”, han constituido y constituyen las únicas manifestaciones arquitectónicas auténticas de la vieja Lima.


Pero ¿qué gentes levantaron estas huacas? ¿Quiénes fueron los pobladores del asiento del valle de Lima antes que los incas conquistaron la región y la incorporaran al Tahuantinsuyo?¿Cuándo y quienes iniciaron las primeras construcciones monumentales del valle? Si bien la arqueología no ha logrado explicar a cabalidad estas cuestiones, y los datos etnohistóricos -contradictorios y todo- nos alejan más allá de los 300 años anteriores al impacto español, las diversas investigaciones arqueológicas de las ultimas décadas del siglo XX, han puesto al descubierto una serie de testimonios que nos permiten insinuar una respuesta, y aproximarnos, hipotéticamente, al carácter de las sociedades complejas que poblaron el valle.


En la Costa central el nacimiento de las primeras sociedades se inicia con la edificación de grandes centros ceremoniales y edificios públicos a fines del periodo pre-ceramico. Sin embarco es sólo al darse las primeras manifestaciones alfareras en el Perú, hacia el año 2000 a.C. que toda esta extensa región empieza a organizarse  alrededor de grandes centros ceremoniales.



Cuando en Enero de 1535 fundóse la ciudad española, Lima continuaba como una “comarca tranquila y bien poblada de cielo benévolo, hermoso y claro, de bellísimos celajes y pintados arreboles, donde los aires del sur mitigaban los ardientes calores de la tórrida (Antonio de la Calancha). Sin embargo, quince años después, cuando Cieza de León pasó por ella, había ya “muy pocos indios de los naturales, porque, cómo se pobló la ciudad en su tierra y les ocuparon los campos y riegos, unos se fueron a unos valles y otros a otros. Si de ventura han quedado algunos, ternan sus campos y acequias para regar lo que siembran”


Roger Ravines - Notas sobre las Huacas de Miraflores, 2002